Jesús y Natanael caminaron, cierto día, por la costa del lago Tiberíades, en las afueras de la ciudad homónima.
- ¿Para el lado de Magdala o el de Gadara? (o sea, hacia el norte o hacia el sur).
- Magdala. Galilea. -fue la respuesta del Salvador.
Caminaron en silencio durante unos minutos. Era primavera, una primavera cálida como ninguna que recordaran ambos. El sol era una espada que cortaba las aguas del lago. Casi no había nubes, y el cielo era aún añil, antes de la negrura total de la noche. Algunos pescadores saludaban exhaustos y alegres por ser el fin de la jornada.
Mientras caminaban sobre la arena, Jesús dijo:
- Escribías -Lo dijo mientras veía a lo lejos a los Hermanos del Trueno dando brincos.
Natanael mezcló una apariencia cejuda y alegre en su rostro.
- Así es, Rabí; unas letras profanas, no creo que sean de tu importancia.
- Todo lo contrario, hombre. ¿Podrías recitármelo?
- Apenas pasemos de ésto.
'Ésto' eran ciudadanos romanos y algunos soldados de escolta que caminaban hacia las aguas termales. Apenas pasaron de largo, Natanael sonrió, se aclaró la garganta con esfuerzo, pateó un guijarro de la playa y empezó a entonar el siguiente poema:
Una rosa de Petra,
o una colina de Líbano:
¿que es ya el amor
en tiempos extraños?
Ámbos largaron una carcajada.
- El poema verdadero; sin miedo, Natanael.
Éste, entonces, tomó el papel y recitó con voz brumosa:
o una colina de Líbano:
¿que es ya el amor
en tiempos extraños?
Ámbos largaron una carcajada.
- El poema verdadero; sin miedo, Natanael.
Éste, entonces, tomó el papel y recitó con voz brumosa:
Los faraones, andrajosos y pobres ya,
duermen con sus consejeros
en sus monumentos funerarios.
Edificaron piedra sobre piedra
y ahora son parajes desolados;
casi nada ha conseguido perdurar.
Así será con Roma:
sólo quedarán sus papiros,
sus ruinas y su nombre.
De su imperio,
una sombra será.
el resto fatal.
- Unas letras mas bien políticas.
- Si, Rabí.
Ambos quedaron envueltos por el viento. Jesús susurró:
- Te aseguro que así va a ser. Roma va a pasar. Al fin y al cabo, es una creación humana. Pero no te contentes: como ya dije en Nazaret, Israel será la primera en hacerse polvo.
Natanael, al igual que el resto de los seguidores nacionalistas, se entristeció de saber aquello. Sabía que Él hablaba con Verdad, entonces no le dio mas vueltas a la cuestión del Estado israelí. Jesús esperaba una pregunta que no llegó; ella se fue en un lugar de la conciencia de Natanael; uno tan lejano como las puntas de Hispania y África que se hallan cruzando el Mare Nostrum.
Siguieron caminando hacia Magdala, mirando a otros apóstoles buscando refugio en Tiberíades. La noche se acercaba. Juan y Santiago, los Hermanos del Trueno, decidieron seguirlo hacia donde fuera; y hacia la intemperie fueron, con Él y Natanael.
- Maestro ¿es que te vas y nos dejás solos? -inquirió Juan, con una preocupación alarmante.
- Solamente voy adonde quiero dormir, Juan. Tranquilo, ¿por qué temés?.
Mientras caminaban, el sol caía casi definitivamente sobre sus humanidades. El agua, las barcas encalladas, los últimos pescadores, la arquitectura de Tiberíades: todo empezaba a diluirse en la oscuridad. El riesgo de caminar por la noche era altísimo y los discípulos tenían miedo. Santiago, para disimularlo y llegar rápido, gritó:
- Propongo una carrera. El último que llegue a Magdala, tiene que pedir la casa para dormir. ¿Está bien?
No llegaron a asentir, que Santiago se largó a correr y a gritar emocionado. Los otros tres se largaron a correr detrás, y así llegaron rápidamente a Magdala. Agitados, vieron con estrépito que Juan no estaba con ellos. Santiago y Jesús fueron tras él, mientras Natanael buscó la casa para hospedarse, en una inversión casi irónica de las reglas de juego.
Para su regreso, vieron sorprendidos que la única casa que encontró Natanael fue la de una mujer viuda. Ella no tenía problemas en charlar con hombres, pero los discípulos, arraigados en costumbres, sí.
- Vengan -dijo Jesús.
Tocó la puerta y la atendió una mujer bellísima, de unos treinta años, con la cabellera roja suelta. Jesús sabía que sus discípulos no querían saber nada con ella, entonces quedaron afuera, esperando. Jesús ingresó solo a charlar con la mujer.
Luego de los saludos de rigor, a los que la mujer contestó lo más cortésmente posible (en Israel era extraño y hasta prohibido que una mujer y un hombre charlaran íntimamente sin ser pareja), Jesús le dijo:
Luego de los saludos de rigor, a los que la mujer contestó lo más cortésmente posible (en Israel era extraño y hasta prohibido que una mujer y un hombre charlaran íntimamente sin ser pareja), Jesús le dijo:
- Yo a vos te conozco.
- Eso es probable -contestó ella-: estuve en la charla que usted brindó ayer en Tiberíades.
- No, no de esa manera -agregó. Te vi antes de que nacieras.
La mujer, extrañada, lo miró de arriba abajo. Estaba hablando con un predicador itinerante, al que le abrió la puerta sin permiso de su hombre a cargo (otra vez esas reglas extrañas de las que poco entiendo). No le parecía un mal hombre; al contrario, se animó a dejarlo pasar porque le transmitía confianza y paz infinitas.
- Desde el vientre de tu madre -completó Jesús-, yo te conozco.
- Pero usted, ¿cuántos años tiene?
- Voy contando treinta y cinco -contestó entre risas el varón.
- Entonces es imposible que me conozca -aseveró la viuda-. Yo tengo treinta y uno. Con cuatro años, ¿usted me recuerda de algún lado? Pero si dicen que es un nazareno que nunca vino a estos pueblos antes...
Jesús rió con fuerzas.
- ¿No entendés, María? ¿Acaso no me escuchaste? Como conozco al Padre, y soy uno con Él, me confió desde siempre las almas. A vos te conozco desde la eternidad misma...
María quedó pasmada. Empezaba a entender que no tenía nada que ver la vida terrena de aquél hombre en aquello de conocerse.
Jesús pidió lugar para él y sus discípulos en la enorme casa de María; como el hombre a cargo de ella, su hermano menor, estaba durmiendo, no le pareció mala idea dejarlos en casa a los viajeros.
- Además, mi hermano cree en usted -afirmó María-. Lo ha seguido desde hace meses, siempre que sabe que usted está por Caná o Nazaret...
- Que se haga una idea -interrumpió el Maestro- si quiere seguirme de verdad: dejar Magdala. Voy a establecerme un tiempo en Cafarnaún, bajaré a Jerusalén por el mes de Pascua, y me iré hasta la Decápolis.
- Es muy previsor usted -notó María.
Jesús atinó a sonreír con cortesía. Quedaron detenidos en el tiempo unos segundos.
- Bueno, ¿puedo hacer pasar a mis...?
- Por favor, Rabí -urgió María.
Los tres entraron como a hurtadillas, sonrieron desganados a María y se acomodaron en el cuarto de invitados de la casa. Jesús ordenó a quién le correspondía cada cama y los instó a dormir de inmediato sin olvidar la oración de acción de gracias por el día finalizado. Antes de dormirse, saludó a la dueña de casa:
- Gracias por el hospedaje mujer. Que hermosa recompensa te tiene el Padre por dar cobijo a unos jóvenes predicadores del Reino.
- Gracias a usted, Señor. No es nada más que un deber de una buena israelita -consideró María en tono estructurado.
Jesús tomó un vaso de agua, miró las estrellas fuera de casa, volvió, y oró junto a María. Listo para descansar, dijo:
- Bendita seas.
Y luego, ante otra respuesta formal de María, pidió:
- Ah, y dejá de tratarme de usted.
- Como vos digas -Una sonrisa de sorpresa recorrió el rostro de María la Magdalena, apenas dicha la frase.
El Señor sonrió inundado de alegría.
- Así me gusta. ¡Hasta mañana! -dijo, mientras se tendía en una cama común del cuarto de invitados.
- Eso es probable -contestó ella-: estuve en la charla que usted brindó ayer en Tiberíades.
- No, no de esa manera -agregó. Te vi antes de que nacieras.
La mujer, extrañada, lo miró de arriba abajo. Estaba hablando con un predicador itinerante, al que le abrió la puerta sin permiso de su hombre a cargo (otra vez esas reglas extrañas de las que poco entiendo). No le parecía un mal hombre; al contrario, se animó a dejarlo pasar porque le transmitía confianza y paz infinitas.
- Desde el vientre de tu madre -completó Jesús-, yo te conozco.
- Pero usted, ¿cuántos años tiene?
- Voy contando treinta y cinco -contestó entre risas el varón.
- Entonces es imposible que me conozca -aseveró la viuda-. Yo tengo treinta y uno. Con cuatro años, ¿usted me recuerda de algún lado? Pero si dicen que es un nazareno que nunca vino a estos pueblos antes...
Jesús rió con fuerzas.
- ¿No entendés, María? ¿Acaso no me escuchaste? Como conozco al Padre, y soy uno con Él, me confió desde siempre las almas. A vos te conozco desde la eternidad misma...
María quedó pasmada. Empezaba a entender que no tenía nada que ver la vida terrena de aquél hombre en aquello de conocerse.
Jesús pidió lugar para él y sus discípulos en la enorme casa de María; como el hombre a cargo de ella, su hermano menor, estaba durmiendo, no le pareció mala idea dejarlos en casa a los viajeros.
- Además, mi hermano cree en usted -afirmó María-. Lo ha seguido desde hace meses, siempre que sabe que usted está por Caná o Nazaret...
- Que se haga una idea -interrumpió el Maestro- si quiere seguirme de verdad: dejar Magdala. Voy a establecerme un tiempo en Cafarnaún, bajaré a Jerusalén por el mes de Pascua, y me iré hasta la Decápolis.
- Es muy previsor usted -notó María.
Jesús atinó a sonreír con cortesía. Quedaron detenidos en el tiempo unos segundos.
- Bueno, ¿puedo hacer pasar a mis...?
- Por favor, Rabí -urgió María.
Los tres entraron como a hurtadillas, sonrieron desganados a María y se acomodaron en el cuarto de invitados de la casa. Jesús ordenó a quién le correspondía cada cama y los instó a dormir de inmediato sin olvidar la oración de acción de gracias por el día finalizado. Antes de dormirse, saludó a la dueña de casa:
- Gracias por el hospedaje mujer. Que hermosa recompensa te tiene el Padre por dar cobijo a unos jóvenes predicadores del Reino.
- Gracias a usted, Señor. No es nada más que un deber de una buena israelita -consideró María en tono estructurado.
Jesús tomó un vaso de agua, miró las estrellas fuera de casa, volvió, y oró junto a María. Listo para descansar, dijo:
- Bendita seas.
Y luego, ante otra respuesta formal de María, pidió:
- Ah, y dejá de tratarme de usted.
- Como vos digas -Una sonrisa de sorpresa recorrió el rostro de María la Magdalena, apenas dicha la frase.
El Señor sonrió inundado de alegría.
- Así me gusta. ¡Hasta mañana! -dijo, mientras se tendía en una cama común del cuarto de invitados.
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