miércoles, 28 de septiembre de 2011

El deseo de la estrella

Cierto día de primavera,
una estrella nueva
giraba alrededor del cielo
con premura, prisionera
de su encierro celeste.

Miró al mundo de los mortales
como se mira a una cabra vieja,
compadeciendo su renguera,
sus ojos con deseos de niebla
y su fragilidad etérea.

Se dijo a sí misma:
'El mundo de las estrellas
es tan aburrido como una piedra;
descenderé con los mortales
para reirme de sus vueltas'.

Así la estrella bajó
envuelta en sábanas de seda,
como una reina imperecedera;
en un desierto de hiedras
cayó, juvenil y entera.

Tomó forma humana
para no hacer alarde, siquiera;
pretendía oír un cuento,
una burla, una jugarreta,
y tomar una pinta de cerveza.

Así llegó a los suburbios
de la gran ciudad en primavera;
un nido de alcohol y juerga,
de cólera y ceguera,
de sonrisa y complacencia.

Entró a un bar, siguiendo su conciencia,
y se acomodó en la barra,
esperando una risa humana,
una chanza, una miseria
que la haga sentir humana siquiera.

Ingresó un joven muchacho
de cabellos como la base del Alpes;
se tiró de inmediato junto a la estrella
y endulzó sus oídos con cuentos
de bajo nivel y fidelidad austera.

La estrella rió para sus adentros:
'¡Vulgar humano, ni creatividad
tienen sus palabras, que infamia!
Pero sus ojos tienen algo
que me cautiva, me extraña.'

Así la estrella y el joven
salieron de aquel lugar,
dándose un beso sincero
y una promesa altanera
de duración perecedera.

(Promesa de amor,
mirada de ensueño,
cara de eternidad,
gesto de futuro encuentro).

Cada cual salió por su lado,
él a su casa, ella al cosmos;
pero su corazón de piedra divina
quebró ante el hechizo
del beso profano.

Volvió la estrella al otro día
buscando a su joven encuentro
de quien consiguió un beso;
mas no lo pudo hallar
buscando como sabueso.

En una plaza quedó sentada
hasta que el alba dicte el tiempo;
en eso se acercó el muchacho
con cara de mucho sueño,
apretando un ramo de crisantemos.

El joven hincó el pie en el granito seco,
extendió los crisantemos,
y recitó unas palabras rústicas;
la estrella se sintió contenta
porque las vio sinceras.

Entonces, ella tomó el ramo,
dio un beso extenso al hombre,
y lo levantó del suelo.
Se tomaron del brazo
y caminaron bajo el celeste cielo.

Así concluye la historia,
porque no hay mucho que contar.
La estrella y el joven se amaron,
tuvieron hijos, trabajo, hogar
y esas cosas de gente normal.

Algunos creerán que hizo bien,
otros que obró mal;
la cuestión es muy simple,
es solo cuestión de mirar:
la estrella dejó su cielo
para alcanzar la felicidad.

He aquí la moraleja
si alguna podemos apreciar:
debemos dejar nuestro encierro
para salir a buscar;
solo así veremos si es certero
o una locura nomas
eso de la diversión, el desencuentro
y los encantos del amor.

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