Cierto día de primavera,
una estrella nueva
giraba alrededor del cielo
con premura, prisionera
de su encierro celeste.
Miró al mundo de los mortales
como se mira a una cabra vieja,
compadeciendo su renguera,
sus ojos con deseos de niebla
y su fragilidad etérea.
Se dijo a sí misma:
'El mundo de las estrellas
es tan aburrido como una piedra;
descenderé con los mortales
para reirme de sus vueltas'.
Así la estrella bajó
envuelta en sábanas de seda,
como una reina imperecedera;
en un desierto de hiedras
cayó, juvenil y entera.
Tomó forma humana
para no hacer alarde, siquiera;
pretendía oír un cuento,
una burla, una jugarreta,
y tomar una pinta de cerveza.
Así llegó a los suburbios
de la gran ciudad en primavera;
un nido de alcohol y juerga,
de cólera y ceguera,
de sonrisa y complacencia.
Entró a un bar, siguiendo su conciencia,
y se acomodó en la barra,
esperando una risa humana,
una chanza, una miseria
que la haga sentir humana siquiera.
Ingresó un joven muchacho
de cabellos como la base del Alpes;
se tiró de inmediato junto a la estrella
y endulzó sus oídos con cuentos
de bajo nivel y fidelidad austera.
La estrella rió para sus adentros:
'¡Vulgar humano, ni creatividad
tienen sus palabras, que infamia!
Pero sus ojos tienen algo
que me cautiva, me extraña.'
Así la estrella y el joven
salieron de aquel lugar,
dándose un beso sincero
y una promesa altanera
de duración perecedera.
(Promesa de amor,
mirada de ensueño,
cara de eternidad,
gesto de futuro encuentro).
Cada cual salió por su lado,
él a su casa, ella al cosmos;
pero su corazón de piedra divina
quebró ante el hechizo
del beso profano.
Volvió la estrella al otro día
buscando a su joven encuentro
de quien consiguió un beso;
mas no lo pudo hallar
buscando como sabueso.
En una plaza quedó sentada
hasta que el alba dicte el tiempo;
en eso se acercó el muchacho
con cara de mucho sueño,
apretando un ramo de crisantemos.
El joven hincó el pie en el granito seco,
extendió los crisantemos,
y recitó unas palabras rústicas;
la estrella se sintió contenta
porque las vio sinceras.
Entonces, ella tomó el ramo,
dio un beso extenso al hombre,
y lo levantó del suelo.
Se tomaron del brazo
y caminaron bajo el celeste cielo.
Así concluye la historia,
porque no hay mucho que contar.
La estrella y el joven se amaron,
tuvieron hijos, trabajo, hogar
y esas cosas de gente normal.
Algunos creerán que hizo bien,
otros que obró mal;
la cuestión es muy simple,
es solo cuestión de mirar:
la estrella dejó su cielo
para alcanzar la felicidad.
He aquí la moraleja
si alguna podemos apreciar:
debemos dejar nuestro encierro
para salir a buscar;
solo así veremos si es certero
o una locura nomas
eso de la diversión, el desencuentro
y los encantos del amor.
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