Los jóvenes caminan como si fuesen en procesión a cumplir una promesa. La playa es su santuario; el mar, parecido a un tapiz de escritorio de PC, hace de pared; y el cielo que recién cae y se funde en naranja y cián funciona de techo.
Juan está con su cámara. Se dedica a filmar las morisquetas de Lucio, el escultural cuerpo de Marina, el flaco pero delicado cuerpo de Sofía, la cara de traste de Iván. Los cinco se dirigen a la arena, solos. Dicen que un animal marino cruza el mar y asusta a las personas, pero estos chicos no se amilanan. Todos tienen veinte años, salvo Marina, con dieciocho. Legalmente mayores, ''no pasa nada'' según Iván.
La arena luce de color alazán a la luz del atardecer. El cielo sin nubes, el mar, un viento en constante cambio... Todo es perfecto. A Juan esta perfección aparente lo asusta, pero a los demás claro que no. Están acostumbrados a un relax vital que él no maneja, porque está en la tensión de su hogar, de su trabajo, de su afición artística que cree frustrada, de un amor reprimido...
Pronto llegan a la playa. Lucio y Sofía se lanzan a la carrera, cada cual por su lado. Nunca lo reconocerían, pero quieren estar juntos, solos, teniendo sexo como leones. Hace años están enganchados, pero hace más años son amigos, y no se animan a cruzar el límite. Además, saben que Juan quiere a Sofía; y que se pondría sumamente triste de... saber... ''Es un chico susceptible'' bien comentó Lucio en una reunión donde Juan no estaba presente por una enfermedad.
Marina e Iván, como acostumbran los novios, se deslizan con suavidad hacia el límite entre las mareas. Hace ya unos meses que están de novios, luego de un año entero teniendo salidas y sexo a escondidas. Todos festejaron su compromiso público; especialmente los padres de Iván, quien sabe por qué.
Juan filma. Quiere ser cineasta, aunque cursa Letras. La academia de cine se le hace difícil de acceder. Mientras, Letras es linda -y estatal, gratuita. Le gusta escribir historias. Ama fantasear. Ama mentir. Ama mentirse. Si no pudiera hacerlo, no soportaría vivir. Se suicidaría sin remedio. Pero el instinto de supervivencia lo hace inventar con tal de salvarse; y decidió canalizar esto de manera artística.
Marina invita a Juan a apagar la cámara y mandarse al agua. ''Tirá las cosas junto a nuestras porquerías y venite'' exclama con vehemencia. Pronto se suman los otros tres en el reclamo. ''Juan al agua, Juan al agua''.
Y Juan, luego de hacerse el difícil, apaga la cámara, la guarda en su mochila, se saca la remera y se manda al mar junto a sus amigos.
Los cinco comulgan con el agua y se hacen parte de una vida superior, de una Naturaleza, de una Paz que no puedo explicar. Ellos tampoco. Porque, pensemos que las palabras o gestos son cosas pequeñas, futiles y mutables; pueden significar cualquier cosa. Son muy imprecisas, dependen de lo subjetivo. No alcanzan para definir un sentimiento de Verdad con exactitud.
Creo que tampoco tiene sentido explicar algo cuando solo importa disfrutar... Con decirles que los cinco estuvieron hasta las 22 horas en el mar, sonriendo, cantando, gritando, amando, basta para hablar de felicidad.
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